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VENEZUELA, EQUILIBRIO DE BELLEZA
Venezuela comienza en el mar, en las
aguas del Caribe, para encaramarse y extenderse lentamente
en el continente, creando paisajes de contrastes extremos
y sin orden alguno, sucediéndose sin contemplación
a un ritmo trepidante. La mirada del visitante se extravía
en los dilatados llanos, entre las efímeras islas
del Caribe, en los valles y cimas de Los Andes, en los
innumerables brazos del Río Orinoco, en los ruidos
de la selva, en las nieblas que envuelven y esconden
el Salto del Angel, en la quietud del Lago Maracaibo
o en los extraños y reflejantes rascacielos de
Caracas. Y en ese viaje de encuentros y miradas perdidas,
van surgiendo los rostros, tan diversos, que conforman
la geografía humana de Venezuela. Llaneros, andinos,
capitalinos, colonos, guajiros o waraos, todos ellos,
con sus claras diferencias, al igual que los paisajes,
alcanzan un misterioso equilibrio que tiene por resultado
la belleza.
No son las tranquilas playas de Isla
Margarita, de Las Roques o del Litoral, ni siquiera
la densa humedad de la selva o de la Guayana, ni tampoco
las verdes praderas de la Sabana, ni aún el ritmo
vertiginoso de la capital, lo que hace posible el sustantivo
de la belleza. No son, tampoco, las palmeras del Lago
Maracaibo, ni la chicha de maíz, ni el cacao,
café o algodón, ni siquiera el ritmo del
joropo, ni por el hecho de ser tierra de libertadores
y soñadores lo que posibilita la majestuosidad
del país. Es, acaso, el conjunto, el mosaico
y la suma de sus contrastes, diferencias y riquezas
lo que hace posible que Venezuela sea el equilibrio
de la belleza.
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