El arte es un reflejo directo de la conciencia de un pueblo;
reflejo que se matiza por la historia y se adereza con la esencia racial de su
gente. España, tierra de viajeros que se quedaron por siglos y se inmortalizaron
en la mezcla de sangres, costumbres, creencias y sueños, tiene un reflejo
de sí misma en un arte de una riqueza extrema que no le ha podido ser arrebatado
por los posteriores movimientos que le hicieron perder sus colonias y territorios
en el Nuevo Mundo. No hay estilo cultural y artístico que no haya alcanzado
una fuerza y un carácter especial en la península, que, con el resguardo
del celo español por su pasado, permanece en la actualidad como joya viva
de la conjunción de mundos y culturas distantes, únicas y eternizadas.
Hay sin embargo una característica muy propia del arte en España,
una que se deriva de su propia historia: esa tendencia a incorporar lo nuevo a
lo viejo, a combinar el presente con el pasado se revela en la mayoría
de sus piezas arquitectónicas en las que se observa una mezcla de estilos,
prueba de etapas de construcción que se prolongaron por siglos y dieron
por fruto un arte sobre otro. Esta tendencia enriquece la vista de sus innumerables
monumentos ya que es posible encontrar en ellos la huella del tiempo y el carácter
español de un solo golpe, tal y como los mismos españoles se presentan
ante el mundo.
La Prehistoria
De la etapa paleolítica han quedado las magníficas pinturas
rupestres distribuidas en dos zonas: el Levante y Mediterráneo por
un lado y la región franco-cantábrica por otro. En las primeras,
se trata de pinturas casi al aire libre, cubiertas apenas por otras rocas; se
componen de obras pequeñas, estilizadas, monocromáticas en los que
la figura humana es el eje central de la actividad; los sitios más relevantes
son Cogull (en Lleida) y Alpera (en Albacete). Por su parte, la
región del norte guarda en sus cuevas pinturas polícromas, grandes
y realistas de animales de caza en los que la ausencia de la figura humana llama
la atención; los colores utilizados son el rojo, ocre y negro y las más
conocidas cuevas son las de Altamira y el Castillo en Cantabria
y el Pindal, Ribadesella y San Román en Asturias.
Del neolítico, entre el año 7.500 y 2.500 aC. las muestras
de arte más llamativas son las estructuras megalíticas conocidas
como Dólmenes que son cámaras funerarias realizadas en piedra.
Los más famosos son los de Huesca y Antequera.
La
Edad de Bronce hizo florecer en Almería la creación
e joyas y utensilios que han quedado para admiración en la actualidad.
En las islas Baleares los talayots, monumentos defensivos y las
taulas y navetas, monumentos funerarios, revelan un sentido artístico
de los habitantes primitivos de esta zona; sentido que imprimían en sus
obras relacionadas con las actividades principales como la defensa bélica
y en el misticismo relacionado con la muerte.
La Edad
de Hierro fundió la experiencia y visión de la vida de los iberos,
tartesios, cartagineses y fenicios. Su herencia artística se manifiesta
en obras de piedra tallada como la misteriosa Dama de Elche, los Toros
de Guisando o los Leones de Córdoba; en orfebrería el
Tesoro de Carambolo es una muestra del refinado arte de aquella época.
De los fenicios han quedado también sarcófagos con figuras humanas
tallados en madera y adornados con pedrería y oro, como los de Cádiz.
La mayor parte de los restos de estas culturas mediterráneas se conservan
en las islas Baleares, especialmente en Ibiza.
El
Arte Romano
Ninguna tierra que haya vivido la presencia
romana carece de una decidida influencia en su arte. Los romanos construyeron
en España caminos, carreteras, majestuosos acueductos como el de Segovia,
teatros como el de Mérida, puentes y arcos del triunfo en muchas de las
ciudades que fundaron u ocuparon.
Como es sabido, los romanos
hicieron suyo y exportaron a su imperio la visión humanista del arte griego,
las dimensiones de cuerpos perfectos en sus esculturas y pinturas que se estamparon
preferentemente en obras de artesanía doméstica pequeñas.
La filosofía y literatura griega llegó a España por la vía
romana; su impacto no tuvo un eco inmediato por el hecho de que la escritura entre
los celtíberos era inexistente; sin embargo, el germen de esta cultura
prevalece en todas las manifestaciones posteriores.
Los
Visigodos
Con los visigodos se entra de lleno en la
era cristiana en Europa. Sus obras artísticas, en especial la arquitectura
y la pintura, iban dirigidas a fines eclesiales; es en esta época cuando
se construyen iglesias y monasterios austeros en sus formas cuyo ornamento era
a base de frisos de bajorrelieve tallados en piedra o en madera. Su mayor aportación
es la importación del arco de herradura que más tarde se perfeccionaría
con los árabes.
En cuanto a la orfebrería,
los visigodos alcanzan un gran desarrollo, especialmente en Toledo, su capital,
en donde se realizan obras de exquisita belleza.
La
Influencia Árabe:
La visión musulmana
de la vida tiene un eco fuerte en el arte de España. Desde sus cantos más
suaves y sensuales, las jarchas, alejados en parte de la tendencia estrictamente
religiosa, hasta sus monumentales obras de arquitectura.
Los árabes tuvieron tres períodos de desarrollo artístico
en la península: el arte califal que dejó a su vez tres tipos
de construcciones: la mezquita, de diseño cuadrangular orientado
siempre hacia el muro de oraciones; el alcázar, consistente en una
zona rectangular de habitaciones en cuyo centro se distribuyen hermosos jardines
laberínticos y fuentes decorativas; así como la alcabaza,
fortaleza rectangular rematada con torres cuadradas y la torre de vela, por donde
se podía vigilar al enemigo. Las mejores muestras de este arte se encuentran
en Málaga, en Córdoba y en Toledo, con su amurallada ciudad con
Puerta de Bisagra. El rasgo más significativo del arte califal es el uso
del arco de herradura. La decoración interior, importada de Siria, cumple
con creatividad el precepto musulmán de evitar figuras humanas y de animales
en el interior de las construcciones, sustituyéndolos por hermosos motivos
caligráficos, geométricos y de vegetales que abundan en los techos
y paredes de estas obras de la arquitectura.
El arte
almohade, desarrollado hacia los siglos XII y XII, especialmente en Sevilla,
florece en una etapa en la que el grupo árabe en el poder pretendía
una mayor austeridad en la vida común. A esto se debe que se utilice el
ladrillo y las torres cuadradas de escasa ornamentación; en contrapartida,
aparecen los azulejos y se mezcla la escritura árabe con la cristiana.
Un ejemplo de este estilo es la Giralda en Sevilla.
El
arte nazarita, correspondiente al período de decadencia del dominio
árabe en España y al reduccionismo geográfico a Granada,
tiene su mayor exponente en La Alhambra. La característica esencial del
estilo nazarita es el tallado en yeso de los interiores, de una fineza tal que
parece un encaje bordado sobre las paredes y altos techos, mezclándose
estéticamente con preciosos mosaicos con predominio del azul. Las escasas
puertas guardan el mismo estilo en el tallado y los salones, recargados en su
decoración, ofreciendo una imagen telescópica hacia el cielo con
las increíbles figuras grabadas en los techos. Las celosías que
separan los salones del sultán del harén, permiten percibir esa
sutileza con la que se movían en su interior las mujeres e intrigas que
componían la vida palaciega del sultán.
El
arte mudéjar es una mezcla realizada por árabes convertidos
al cristianismo que se asentaron en zonas reconquistadas. En sentido arquitectónico
lo más relevante es el Alcázar de Sevilla y las sinagogas de Toledo.
De igual manera, la forma de trabajar el oro ha quedado como herencia en la antigua
capital Visigoda, Toledo, a través del damasquinado toledano que
consiste en labrar con hilos de oro de tres colores a base de golpes pequeños,
paisajes y figuras de singular belleza sobre un fondo negro de acero. Este arte
orfebre tiene dos vertientes: las joyas y las armas de guerra, cuyas espadas lucen
en su empuñadura los nombres y escudos de los grandes caballeros de las
cruzadas.
En cuanto a las obras de artesanía, la
influencia árabe dejó el uso del marfil y las maderas preciosas
de una forma diferente, destacando la aparición de cofres en madera de
diversos tamaños y estilos.
La
respuesta de la Reconquista
Como respuesta a la impuesta
presencia árabe en España, los cristianos desarrollaron cantos
religiosos contrastantes con las jarchas árabes por su sonora austeridad;
estos cantos se utilizaron en autos sacramentales, antecedentes directos del teatro,
así como en la poesía; un ejemplo de ello son las Cantigas de Santa
María de Alfonso X el Sabio. A pesar de los esfuerzos por limitar el avance
árabe con su peligrosa sensualidad, desde la óptica cristiana, los
ritmos y temas terminaron mezclándose y dando pie a una variada música
popular que, en contraste con la música cristiana reservada a las clases
altas, fue el disfrute del pueblo y logró su permanencia.
Los árabes introdujeron la poesía lírica en España
a través de sus obras refinadas y humanas que narraban la vida amorosa
de los moros. Aunque gustaban, el pudor cristiano impuesto por la reconquista
obligaba a rechazarlas y a desarrollar una literatura más hispánica,
más tendiente a la unidad del carácter español. Es en el
siglo XII con el Cantar del Mío Cid cuando se inicia propiamente
la literatura española. Este poema épico en extremo relacionado
con la realidad de la península en aquella época, plasma la visión
de la vida medieval con belleza y sencillez. En el siglo XIII, la actividad recreativa
popular se acogía a las narraciones de los juglares que convertían
en héroes a los cruzados y a los artesanos de la reconquista. Para contrarrestar
esta poesía popular surgió el Mester de Clerecía,
que creaba obras poéticas cultas entre las que destacan las de Gonzalo
de Berceo, tendientes siempre a un fin moralista. Con la influencia de Alfonso
X, el Sabio, escritor de Cantigas, se introduce el uso del castellano en sustitución
del latín como lengua culta.
El teatro también
tiene sus raíces en esta confusa etapa de reconquista. Del siglo XII quedan
autos religiosos como el de 'Los Reyes Magos', escritos en verso y aderezados
con música sacra.
El Arte
Prerrománico y Románico
En convivencia
con los estilos árabes, el arte prerrománico y románico se
desarrolla en paralelo como una forma de rechazar la influencia musulmana. La
arquitectura se caracteriza por una altura mayor de las construcciones
y un sentido más recto en el que el uso del arco se reduce a los altares.
Los techos se sostienen con capiteles esculpidos en piedra y con sentido rectangular
y austero. Nacen las basílicas de dos o tres naves, decoradas interiormente
con grandes murales y celosias de madera tallada. Las iglesias y construcciones
de Navarra y Asturias, especialmente en Oviedo, forman la muestra más pura
del prerrománico español, a pesar de los cambios que sufrieron con
posterioridad.
Por su parte, Cataluña, alejada del
influjo árabe, aunque más cercana a la influencia francesa e italiana,
desarrolla el románico en el siglo XII, que se caracteriza por la
construcción de aparejo irregular, los cabeceras y capillas prolongadas
en forma semicircular, un campanario independiente y bóvedas de medio cañón.
El interior está decorado generalmente por frescos en colores rojizos,
ocres y negros, de influencia bizantina, pero con motivos realistas de la vida
española.
Las rutas jacobeas, en el noroeste de
la península, ofrecen la posibilidad de extender el arte románico
de influencia francesa hacia España. Con el Camino de Santiago, hacia Galicia,
se producen construcciones de este tipo en toda la zona Cantábrica que
van incorporando elementos árabes en el colorido y forma de la decoración
interior.
El románico ha dejado también una
impresión clara en las murallas de Avila y Zamora que, pese a ser construcciones
militares, revelan en algunas de sus primeras partes ese estilo refinado del románico.
Hacia finales del siglo XII el gusto cambia y se inicia un período de nueva
austeridad en la arquitectura; esto anuncia el antecedente del nuevo estilo gótico
que se asoma en el s. XIII.
El
Gótico
Este estilo, con el que frecuentemente
se identifica a las principales obras de construcción europeas, entra en
España por la zona cercana a Francia. Las primeras obras se generan en
Roncesvalles, Cuenca y Sigüenza; enseguida los obispos de Burgos, León
y Toledo encargan obras de este tipo a arquitectos extranjeros. El gótico
florece en España; en Cataluña y Valencia se propaga aunque con
características más particulares. En Navarra aparece con posterioridad
en el mismo siglo XIII y su mayor representante es la Catedral de Pamplona.
La increíble altura que alcanzan las torres y la nave central en esta arquitectura,
con su luminoso interior a raíz de sus vidrieras decoradas, son una muestra
de una de las etapas más florecientes del arte en España.
De
la Edad Media al Renacimiento
Los cambios que se generaron
en Europa durante el final del siglo XV dieron por resultado una modificación
en la forma de comprender la vida y, por tanto, un cambio en la expresión
artística. El humanismo se impone en la esfera cultural y las obras de
este sentido discurrieron por las numerosas y florecientes universidades españolas
como la de Alcalá de Henares en Madrid y Salamanca en Castilla. Obras literarias,
pictóricas y escultóricas asaltan la nueva tendencia artística
en la que el hombre pasa a ocupar el primer plano y la religión se reduce
a ciertas expresiones. El Renacimiento es el punto culminante de esta nueva visión
del papel del hombre; a partir de esta época el arte deja de ser estrictamente
religioso y se puede percibir en él al hombre que mantuvo sus deseos ocultos
durante siglos.
Las obras arquitectónicas
adquieren un sentido más global al ser concebidas para disfrute del hombre;
surgen los palacios en contraposición de los castillos, con el añadido
de la libertad y tranquilidad que la unificación española trajo
como consecuencia. Desaparecen las murallas y las grandes puertas impenetrables
y en su lugar se colocan preciosos jardines y piezas en mármol, especialmente
italiano, madera y metales.
En la literatura, el
Siglo de Oro español refleja un replanteamiento de la existencia humana
en su teatro con Calderón de la Barca y Lope de Vega. El hombre se enfrenta
ahora a si mismo, a sus deseos insatisfechos y sus sueños lejanos de la
piedad cristiana. La pintura también sufre una modificación sustancial
recreando la vida aristocrática especialmente, aunque también aparecen
rostros y escenas de la vida popular.
Y mientras por un
lado se creaba un desenfrenado interés por la reivindicación del
hombre como eje del arte, por otro la religiosidad luchaba por imponerse a través
de la contrarreforma y la presencia de obras austeras como el Escorial, producto
del espíritu religioso de Felipe II. De esta etapa son también los
movimientos místicos en literatura con San Juan de la Cruz y Santa Teresa,
así como las obras místicas de El Greco.
Por otra parte, la realidad popular se impone y ello da pie al gusto por la novela
picaresca en la cual 'El Lazarillo de Tormes' y el 'Guzmán de Alfarache'
destacan por su satírica visión de la vida. Como contrapunto, la
vida aristocrática, inalcanzable para el pueblo, se ve reflejada en exceso
en la novela de caballería que alcanza un auge aterrador en el siglo XVI
y XVII, así como la novela pastoril que se recrea en intentar elevar a
los pastores y gente de campo a niveles de pensamiento y desarrollo místico,
filosófico y religioso inexistentes en la realidad. Sin embargo, la pieza
que marca un punto álgido en la literatura española es 'El Quijote',
de Cervantes, conocido mundial e históricamente por sus aventuras en un
mundo que intenta representar con humor la aventura de vivir de entonces y de
hoy.
La Era de la ilustración
Al igual que en Francia, el pensamiento de la Ilustración se trasmina hacia
España con resultados en sus dominios y sistemas de vida y gobierno. Avanzando
hacia una democracia que tardó en consolidarse, el arte de la época,
especialmente en literatura y pintura, se consolida con aportaciones del extranjero.
Esta etapa, de claro dominio francés no solo en España sino en todo
el mundo, introduce en la arquitectura elementos que se consideran punta de la
etapa moderna. La urbanización de las ciudades es un punto clave que los
monarcas atienden, dejando como resultado el embellecimiento menos recargado de
muchos sitios españoles.
Hacia finales del s. XVIII,
la mirada se revierte hacia la cultura popular como fuente de inspiración
del arte. La tauromaquia, vista por los ojos de Goya, es un adelanto a los movimientos
que en el siglo XIX causarán furor. De esta sonora etapa de auge artístico
del pintor español, el Museo del Prado en Madrid conserva las mejores piezas
de su obra.
El siglo XIX
Este es el siglo del romanticismo, que en España se nutre de obras como
el clásico 'Don Juan Tenorio' que sitúa a los ibéricos como
prototipo del galán masculino. Obras poéticas como las de Bécquer,
Rosalía de Castro o piezas como las de Benito Pérez Galdós
circulan para deleite de lectores de todo el mundo.
Como
respuesta, el realismo y el naturalismo aparecen para enfrentar al hombre con
realidades más evidentes y como puerta de entrada al impactante siglo XX.
El
siglo XX
El siglo presente envolvió a España
en un momento de su historia en que se definía una nueva forma de vida.
La Guerra Civil destruyó numerosos edificios de gran tradición histórica
que fueron renovados hacia el final de la misma, sin conseguir llevarse al olvido
la memoria de una historia tan profunda como la española. La dictadura
franquista obligó a emigrar a muchos de los espíritus libres de
los artistas hispanos hacia Francia y América, especialmente. Bajo el control
de Franco se construye el Valle de los Caídos, dedicada a los caídos
en la Guerra Civil. El sentido austero, la mezcla militar y religiosa con cierto
aire de modernidad se reflejan en las obras elaboradas durante la época
de la dictadura. En contraste, la pintura se vuelve más audaz intentando
reflejar los sentimientos más angustiantes del siglo XX. Las piezas de
Dalí, Miró y Picasso, las más reconocidas mundialmente, forman
parte de ese grito silencioso hacia la libertad individual que tanto se pondera
en nuestra era, envueltas en una visión mucho más personal de la
vida y del arte mismo.
España jamás ha dejado
de producir obras artísticas y culturales de magnitud y resonancia mundial.
Filósofos como Unamuno y Ortega y Gasset brindan pensamientos dispares
que merece la pena conocer; los músicos intentan rescatar sus raíces
culturales y populares con un aire de modernidad y ofrecen el flamenco actual
en variadas versiones.