De
la Prehistoria al Renacimiento
Desde los tiempos más
remotos, la historia de Italia ha estado ligada al arte en alguna de sus manifestaciones.
Pinturas prehistóricas como las encontradas en las Cuevas de Balzi Rossi
o Romanelli, utensilios de piedra y bronce, cerámica y los estupendos Nuraghi
de Cerdeña (viviendas construidas con enormes bloques de piedra de forma
cónica, verdaderas fortalezas), son los principales restos de la Prehistoria
que, en su mayor parte, han llegado a nuestros días en muy buen estado.
Los etruscos y los griegos también dejaron su huella en este
país. Las necrópolis de Taquina y Cervéteri constituyen un
excelente testimonio para conocer al pueblo etrusco, cuyo reflejo se puede percibir
también a través de las puertas de arco en las murallas de Perusa.
Como muestras de arte griego, que tanto influiría después en el
romano, se pueden contemplar magníficos ejemplos arquitectónicos
en Paestum, Poseidonia y Elea, así como en el Teatro y Museo de Siracusa,
el Templo dórico de Gela y el Templo de la Caracella en Taormina.
El arte romano tiene sus mejores obras en la arquitectura. Maestros de
esta disciplina consiguieron, a través de la combinación de elementos
como el arco de medio punto, la bóveda, y sobre todo, el mortero de hormigón,
obras de gran envergadura que se conservan muy bien aún hoy en día
a lo largo de todo el territorio italiano. Ejemplo de ello son las Termas de Caracola,
el Coliseo, el Foro o los Arcos de Tito y Constantino, que resultan impresionantes.
Los cristianos desarrollaron primero su arte en las catacumbas, con pinturas y
sarcófagos trabajados en relieve. Después del Edicto de Milán,
continuaron con la construcción de impresionantes basílicas como
Santa María la Mayor o San Pedro Extramuros, así como en Mausoleos
como el de Gala Placidia en Rávena, de gran belleza.
En la Edad Media el románico dio excelentes muestras en Italia.
Pisa es un buen ejemplo con la Catedral, el Baptisterio y la famosísima
Torre inclinada que es, en realidad, el Campanario del conjunto arquitectónico.
También lo son los claustros de San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán.
El románico se transformó en el estilo lombardo en el Valle
del Po con características muy particulares que se pueden apreciar en la
milanesa San Ambrosio, las catedrales de Parma, Módena y en San Zenón
de Verona.
La pintura italiana empieza a desarrollarse
en este período acabando con el hieratismo del arte bizantino, buenas muestras
son el crucifijo de Cimabue y la Virgen del Trono de Duccio de Buoninsegna.
El gótico, sin embargo, no influyó de manera determinante
en la arquitectura, aunque se adoptaron algunos de sus elementos. El Duomo consagrado
a San Francisco de Asís o la Catedral de Siena y Santa María de
la Flor, en Florencia, son buenas muestras de esta adaptación. En cambio,
la pintura, sí encontró desarrollo dentro de este estilo con la
figura humana y los paisajes como nuevos motivos. Giotto, Simone Martini o Lorenzetti
son sus principales representantes.
El
Renacimiento
La verdadera explosión artística
italiana se produjo durante el Renacimiento. De hecho este movimiento nace
en Florencia a principios del siglo XV gracias a los príncipes de los estados
italianos que no dudaron en ser los mecenas de artistas que, sin este apoyo, quizá
no hubieran conseguido ni siquiera sobrevivir. Todas las manifestaciones artísticas
fueron potenciadas en este período. En arquitectura un soberbio
Brunelleschi llenó Florencia de muestras de su incomparable estilo: el
Hospital de los Inocentes, la Iglesia del Espíritu Santo, la Abadía
Fiesolana o el Palacio Pitti. Pero no sólo este maravilloso arquitecto
demostraba su arte, también lo hacían otros con no menos ingenio
como León Battista Alberti, Bramante, Vignola y, como no, Miguel Angel
con la cúpula de San Pedro y la Plaza del Capitolio. Todos ellos son geniales
representantes de la arquitectura renacentista.
La escultura
renacentista pretende reflejar los valores espirituales del hombre, Donatello
lo consigue plenamente en su San Jorge, el Amorrino Delfino de Andrea del Verrochio
es también una buena muestra. Sin embargo, el único, el genio en
estado puro, fue Miguel Angel. Su Piedad, el Moisés o el David son tan
perfectos, que dan la sensación de que van a cobrar vida de un momento
a otro.
En pintura también hay excelentes
maestros. Junto a Masaccio, el primero que dio el salto del gótico a la
pintura renacentista, destacan Piero della Francesca por el cuidado de la luz
en sus cuadros y Mategna, quien abrió nuevos cauces en relación
con la perspectiva. Sin embargo, los pintores que destacaron dentro de este período
son los de la llamada Escuela Florentina y no son otros que el inigualable Leonardo
da Vinci, con un estilo inconfundible que combina perfectamente el conocimiento
del cuerpo humano y la técnica con saber crear el ambiente perfecto, Miguel
Ángel con la fuerza como máxima cualidad, figuras de gran expresividad
como todas las de la Bóveda de la Capilla Sixtina y Rafael, que supo combinar
los conocimientos de Leonardo con la fuerza de Miguel Ángel y cuyo resultado
son obras tan magníficas como las conocidas como 'Estancias' del Vaticano.
El Manerismo sigue las técnicas renacentistas pero con un mayor
número de ornamentaciones. Pintores de la talla de Tintoretto, Corregio,
Veronés, Tiziano y Caravaggio, escultores como Cellini y arquitectos como
Palladio y Sansovino son sólo algunos de sus mejores representantes. Un
paso más en la ornamentación nos lleva al Barroco, estilo
recargado que tiene en Bernini, el creador de la Columnata de la Plaza de San
Pedro, la Plaza Navona y del proyecto de la Fontana de Trevi uno de sus máximos
creadores. Tiépolo, los Carracci, o Albani destacan también en pintura
barroca.
Una saturación por el recargamiento del
Barroco conduce a una época más austera basada en los cánones
greco-romanos, dando lugar al Neoclasicismo (Canaleto en pintura y Canova
en arquitectura).
El Arte Moderno se libera y consigue
que los artistas sigan sus propias tendencias evolucionando hacia obras mucho
menos homogéneas y futuristas como Boccioni o Carrá (metafísicos),
o independientes, como Modigliani o Morandi.
Literatura
El desarrollo de la literatura italiana comienza con la poesía en Sicilia
y Toscana que acaba evolucionando hacia la prosa en lengua vulgar que compite
con el latín. En la Edad Media los poemas de caballerías compiten
con los temas religiosos y la poesía satírica sobre las cortes de
San Gimgnano. Los poetas toscanos como Cavalcanti o da Pistoia ofrecen una mayor
profundización en los temas hasta llegar a Dante con la 'Divina Comedia'
que pone un punto final a todo lo anterior y abre un nuevo horizonte lleno de
posibilidades. 'El Decamerón' de Boccaccio recoge el testigo y lo hace
con un reflejo plenamente literario de la sociedad burguesa.
El Renacimiento consigue que la lengua vulgar ocupe el lugar predominante con
obras como 'Orlando Enamorado' de Boiardo o las 'Prosas en Lengua Vulgar' de Pietro
Bembo. Una vez, en pleno funcionamiento la lengua popular, pasa a relatar los
temas del momento, es decir, el resurgir de la burguesía sin prejuicios
y con un gran sentido del humor como se puede constatar en los cuentos de Firenzuola
o Straparola, la poesía de Folengo, la prosa de Cellini y sobre todo, en
las comedias teatrales de Aretino y Bibbiena, así como en 'La Mandrágora'
de Maquiavelo. El 'Orlando Furioso' de Ariosto o el 'Príncipe' de Maquiavelo,
son los mejores exponentes de este período que dejó paso a la religiosidad
plasmada por Tasso en 'La Jerusalén Libertada'. Después de la austeridad,
la ampulosidad del Barroco y por encima de ambas cosas, Galileo.
Saturados del Barroco se intenta crear algo nuevo de más calidad naciendo,
entre otros, el teatro de Goldoni y la poesía satírica de Parini.
El Romanticismo consigue que la literatura italiana pase a considerarse moderna
y Manzoni con 'Los Novios', los 'Cantos de Leopardi' o las 'Confesiones de un
Italiano' de Nievo, son una buena muestra. Con la poesía de D'Annunzio
y el teatro de Pirandello se da una nueva perspectiva recogida ya en este siglo
por autores mucho más profundos como Croce y Gentile, poetas como Ungaretti
y Montale y novelistas de la talla de Pavese, Moravia y Sciasia. No se pueden
olvidar las obras de Carlo Levi, Italo Calvino y Tomasi di Lampedusa. Entre los
más actuales desatacan Umberto Eco, Morselli y Tabucchi entre otros escritores
contemporáneos.