El archipiélago de Malta ha estado habitado desde tiempos prehistóricos. No está clara la razón, pero se sabe que estuvo deshabitado después, unos 2000 años, hasta la llegada de los fenicios en el siglo IX antes de Cristo. Fue invadida por Cartago en el siglo IV y se convirtió en romana en el año 218 antes de Cristo. Los árabes ocuparon el archipiélago de 870 a 1090, fecha en que pasó a poder de los normandos del reino de Sicilia.
En 1530, Carlos V, a quien a la sazón pertenecía la isla, la cedió a los Caballeros de Rodas, que adoptaron entonces el nombre de Caballeros de Malta en 1798. Los ingleses se apoderaron de ella en 1800 y el Tratado de París, de 1814, confirmó su ocupación. En 1947 consiguió una autonomía interna. Tras diversas vicisitudes, en 1964 un referéndum favorable aceleró la concesión de la independencia, en aquel mismo año, dentro de la Commonwealth.
Un progresivo distanciamiento respecto del Reino Unido culminó, en 1974, con la proclamación de la República, dentro del ámbito de la Commonwealth. Dom Mintoff, primer ministro y líder del Partido Laborista, reiteró su política de no-alineamiento, lo que le permitió mantener excelentes relaciones con China y, posteriormente, con la Unión Soviética. En 1979, las fuerzas británicas abandonaron las instalaciones militares arrendadas a la isla.
En 1981 se permitió a las naves mercantes soviéticas la utilización de los depósitos de combustible que antes habían sido de la OTAN, se establecieron relaciones plenas con la URSS y se reiteró la neutralidad de Malta respecto de los bloques militares. La agria disputa que el país mantiene desde los años 70 con Libia, sobre el derecho a las exportaciones petrolíferas en la plataforma continental, fue puesta finalmente a consideración de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en 1982, año en que Malta fue elegida miembro del Consejo General de la ONU.