Período Clásico
Desde la prehistoria han llegado a nuestros días importantes huellas rupestres,
como las de orillas del Tajo en Fratel, Vila Velha de Ródao (Montahas).
De la Edad de Hierro son las fabulosas piezas celtas que se encuentran en el Museo
Arqueológico de Lisboa. De la época pre-romana destacan los 'Castros',
antiguos poblados fortificados celtas y, posteriormente, romanos.
De la ocupación romana, que se integra sobre todo en el sur, nos llegan,
entre otros muchos, los importantes restos del Templo de Évora (Planicies),
la ruinas de Milreu, cuya colección de objetos está expuesta en
el Museo Infante Don Henrique en Faro (Algarve), el criptopórtico del Museo
Machado de Castro (Coimbra) y el emplazamiento romano de Conimbriga (Costa de
Prata).
La invasión musulmana, aunque extensa, dejo,
más que obras concretas, influencias estilísticas que llegarían
hasta nuestros días (azulejos, estilo manuelino, etc.). Los primeros atisbos
de arte cristiano llegaron con los suevos y visigodos.
De
la Edad Media al Manuelismo
La Edad Media, románica
y gótica, muy francesa en su inspiración experimentó influencias
santongenses, auverñenses, languedosianas, y posteriormente de los cistercienses.
El románico se da sobre todo en el norte (Montanhas). De esta época
encontramos la Catedral de Coimbra y la de Lisboa, ambas con características
de fortaleza medieval. También el Monasterio de Alcobaca (Costa de Prata),
que con su planta cuadrada cisterciense es uno de los monumentos góticos
más importantes. Junta a él, el Monasterio de Santa María
da Vitoria en Batalha (Costa de Prata), cuyo estilo gótico termina por
doblegarse al incipiente Manuelino. Estos dos últimos son reconocidos
por la UNESCO como Patrimonio mundial de la Humanidad.
Mención especial merece el Castillo de San Jorge. Su nombre viene de la
época de Joao I (siglo XIV), pero antes de esto era conocido como el Castillo
de Lisboa. Cada monarca lo fue cambiando y acomodando a su gusto, pero no se sabe
con certeza cuando apareció esta fortaleza. Otras edificaciones medievales,
la mayoría con carácter de fortaleza, importantes son el Castillo
y murallas de Obidos (Costa da Prata), Marvao y Monsaraz (Planicies), Belmonte
(Montanhas) y Mértola, centro de investigación de la presencia árabe.
El Manuelino es el estilo portugués por excelencia, que sólo atraviesa
fronteras hacia Brasil. Su denominación procede el rey Manuel el Afortunado
(1495-1521). El arquitecto francés Boytac fue quien lo inició en
la iglesia de Setúbal, poniendo columnas acanaladas en lugar de los rígidos
pilares góticos. En él se observa claramente la influencia de los
'Descubrimientos', reproduciendo con todo lujo de detalles cientos de motivos
sobre el tema y llegando al delirio escultórico. No afecta a las estructuras
clásicas, sino que pretende ennoblecerlas dándoles un nuevo aspecto.
Además del Monasterio de Santa María da Vitoria en Batalha y la
iglesia de Setúbal, aparecen, dignos de cualquier ojo, la famosa ventana
del Convento de Cristo en Tomar (Costa da Prata), el gran Monasterio de los Jerónimos
en Lisboa, la Torre de Belém y, combinado con los conocidos azulejos, el
Palacio Nacional de Sintra, ciudad monumental por excelencia (Costa de Lisboa).
Su influencia llegaría a todo el país, incluidas las Azores y Madeira.
Otra mención especial merece una tradición arquitectónica
lusa que aparece en la Edad Media, los azulejos. De muy diversos coloridos
y, todavía algunos, pintados a mano, unos muestran motivos hornamentales
y otros reproducen episodios, historias o la vida de santos. Han sido utilizados
en arquitectura y decoración desde el medievo hasta nuestros días,
pasando por todos los estilos. Son de clara influencia árabe. Como ejemplo,
es interesante visitar el Museo Nacional del Azulejo, que se encuentra en los
claustros de la magnífica iglesia de Madre de Deus, en Lisboa.
EL
Barroco
El Renacimiento luso está muy influenciado
por el amaneramiento de la exuberancia manuelina. Existen hermosas iglesias renacentistas
como la Capela de Conceicao de Tomar (Costa de Prata), o minieristas como la Iglesia
de San Vicente de Flora (Lisboa).
Pero el estilo predominante
en todo el país, incluso en las islas, es el barroco y su transición
al rococó. El símbolo del barroco es Mafra (Costa de Lisboa), donde
se asocia la magnificencia de su palacio y su convento. Es imposible no sucumbir
a la perfección de los altares de plata, las esculturas, los originales
paneles de azulejos y los objetos de talla dorada, de la que sobresale el altar
mayor de la iglesia de Sao Bento da Vitoria, en Oporto. Otras obras barrocas son
el Bom Jesus de Braga (Costa Verde) -en la región de mayor densidad de
monumentos religiosos-, el Palacio da Bolsa en Oporto, el Palacio de la Vila (Sintra),
las iglesias de los Clérigos o de San Francisco en Oporto o el Palacio
de Queluz (Lisboa), que con sus hermosos jardines y habitaciones puede ser considerado
como uno de los mejores ejemplos europeos del rococó. Son innumerables
los palacios y obras religiosas de este estilo.
Para los
amantes del arte Portugal ofrece una larga lista de museos nacionales, regionales
y fundaciones, abarcando desde núcleos arqueológicos hasta centros
de patrimonio industrial de nuestros días, en los que se muestran no solo
la historia y el arte local, sino también la inspiración artística
lusa nacida como consecuencia de los frecuentes contactos con otros pueblos. Además,
en ellos encontramos la versión pictórica y escultórica de
todas las tendencias desarrolladas, e incluso muestras del arte de los azulejos.
Música y Toros
Pero
para cerrar el apartado artístico es necesario hacer mención de
la música, en su vertiente más popular, el Fado. Sin él
sería difícil comprender la forma de ser y sentir del pueblo portugués,
cuestión que constituye una de las misiones fundamentales del arte. Es
el reflejo de unas gentes luchadoras y apasionadas, que expresan los malos momentos
vividos con el canto.
Su origen se remonta -dicen- a las
canciones de los esclavos africanos, aunque dado el intenso intercambio de Portugal
con otras culturas a través del mar, las influencias se multiplican. Tras
la pérdida del imperio tras la revolución de los clavales, y de
algún modo reforzando el estereotipo, el fado ha venido a representar el
sentimiento de frustración y fatalismo que según ellos mismos define
a los portugueses.
Existen básicamente dos versiones
de fados: la que se escucha en los barrios lisboetas de Mouraria y Alfama, y que
tiene un alto contenido personal y sentimental; y la de la zona de Coimbra, más
académica, como impone el pasado universitario de la ciudad.
La cantante de fados más conocida es sin duda Amália Rodrigues,
a la que es relativamente fácil escuchar en alguno de sus numerosos recitales
en Lisboa. También actúa frecuentemente en España, especialmente
en Huelva y Sevilla. Otras grandes figuras tradicionales son Alberto Prado, José
de Camara, Castro Rodrigo y José Afonso.
A él se le puede considerar sin ningún género de dudas el
padre de la música popular moderna portuguesa. Un viaje de estudiante por
Angola le mostró la verdad del asunto colonial portugués, influyendo
notablemente en la concienciación social que acabarían denotando
sus composiciones. Sus primeros discos fueron colecciones de fados compuestas
con Luis Góis, pero a partir de los sesenta cuando comenzó a componer
letras consideradas subversivas por el régimen de Salazar, por lo que fue
censurado y a menudo perseguido por la policía secreta del dictador, dedicó
gran parte de su vida a la lucha contra el fascismo a través de la canción
y la acción social.
Tras la revolución siguió
componiendo, tanto canciones como música para cine y teatro, y llegó
a editar más de 20 discos. José Afonso murió en 1987.
Otro aspecto inseparable de la cultura lusa es su particular fiesta de los toros.
La importancia y antigüedad de esta actividad creó un tipo especial
de criador de ganado, el campesino, un tipo de hombre severo, con vestir característico
y que vive sobre su caballo. Profundamente enraizada, incluye toradas y largadas
en plena población, en las que se manifiestan bravura y destreza, arte
y coraje. Pero en ellas no se mata al toro, simplemente se le derriba por un juego
de fuerza muy elegante y pintoresco, antes de lo cual se desarrolla un bello espectáculo
de rejoneo y se colocan banderillas desde el caballo, todo ello aderezado con
trajes del siglo XVIII. Después aparecen los 'forcados', que diestramente
se hacen con el toro para llevarlo al suelo.
El gran centro
taurino de Portugal es Ribatejo y sus alrededores y la temporada va de
abril a octubre.
Literatura
La narrativa portuguesa ha dado y sigue dando una enorme cantidad de talentos
a través de cuya lectura podemos llegar a entender un poco mejor el carácter
del país vecino.
Fernando Pessoa es probablemente
la figura cumbre de las letras lusas. Escritor y poeta muerto en 1933, tiene como
obra destacada 'El libro del desasosiego', publicada en España por Seix
Barral. En ella se narra, con una extraordinaria prosa poética, la vida
cotidiana de una personalidad literaria ficticia creada por Pessoa. A través
de esta obra se puede llegar a comprender la sensibilidad literaria y social del
escritor.
Eça de Queiroz es el novelista
portugués por excelencia, autor de varias grandes novelas del siglo pasado.
Los críticos le atribuyen la introducción en el país de la
novela realista. Entre sus mejores obras están: 'La reliquia', 'El misterio
de la carretera de Sintra','El primo Basilio' y 'El crimen del padre Amaro'. Éstas
están publicadas en España por Bruguera.
Luis de Camoes es el gran poeta épico de Portugal. En su obra 'Las
Lusíadas' Camoes loa la travesía de nueve meses que llevó
a Vasco da Gama a abrir la ruta marítima con la India a través del
Cabo de Buena Esperanza.
José Saramago, literato,
historiador y politólogo, es probablemente el autor más reconocido,
admirado e invitado en España. Su obra literaria está cargada de
un fuerte compromiso social, y es un gran entendedor de las profundidades del
ser ibérico, no sólo portugués. Entre sus obras más
destacadas figuran 'Memorial del Convento', 'La bolsa de piedra' e 'Historia del
cerco de Lisboa'. Están publicadas en España por Seix Barral.
La lista de destacados podría ser interminable, pero no se puede dejar
de mencionar a Miguel Torga ('Cuentos de la montaña'), José
Cardoso Pires ('La balada de la playa de los perros'), María Isabel
Barreno, María Teresa Horta y María Velho da Costa
('Nuevas cartas portuguesas: las tres Marías'), y Joao de Melo ('Gente
feliz con lágrimas').